Ellas tres

Tendrían que haberla visto, todos ustedes que amordazan esos gestos a media luz – ustedes: pequeñas bestias asalvajadas a la deriva —– tendrían que haberla visto desanudando suturas y arreciando espigas con sus vuelos de mariposa aleteante en el interior de la cueva, poniendo dulce y brava la primera piedra.

Tendrían que haberla visto, todos ustedes, haberla visto llegar, quitarse el abrigo sin hacer ruido, los tacones tras la puerta, una taza de té y ya la dejo con ella —– tienen que estar solas y yo, yo necesito también una tregua, ustedes me entenderán. Cuelgo su abrigo y me siento, sus zapatos enfrente, sus zapatos que son siempre suyos sin ser jamás los mismos, que son siempre tristes sin ser jamás culpables, y me ensimismo y me acompaso con el latido oculto de los pasos que la trajeron hasta aquí. Sé que su libertad está más cerca, que su libertad empieza cuando termine la nuestra y que hasta entonces nada —– y sin embargo ella con la primera piedra.  Esclava de nosotras, esclava con nosotras, pero cómo se abandera en su dulzura, cómo se desliza adueñándose a su paso de cada rincón y adueñándose con ello de nuestras vidas, sobre todo de la mía.

Tendrían que haberla visto. No temblaba. Y yo tampoco. Ustedes comprenderán la trascendencia de todo esto. Yo no temblaba. Era mi presente que no termina, mi presente que se estira y me estira y amenaza con romperse y dejarnos con la piel de gallina y los ojos como platos. Ese mismo dragón enfurecido y yo no temblaba.

Luego mi sonrisa de arlequín tan lejos del carnaval, mis tiras y afloja con el lanzador de cuchillos, el de los dedos envenenados, el de la guarida como una caricia de viento huracanado, ese mismo, embustero de sus idas y venidas, sus despistes, sus fintas para aparecer cual crepúsculo indomable entre tu sueño y el mío y el de ella, que es siempre el mío. Y ni siquiera eso ennoblece estos abracadabras de Alí Babá encerrado para siempre en su propio tesoro.

Porque es esa extensión infame del mundo, esa ventana con pupilas de homicida, la que se volvió hacia nosotras y asintió por primera y última vez dejándome sí, con la piel de gallina y los ojos como platos.

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